Pocas experiencias resultan tan dolorosas como ver a un hijo atrapado en una adicción. La persona que una madre conoció desde la infancia parece desaparecer detrás de una sustancia que afecta sus decisiones, su identidad y su futuro. Surgen el miedo, la culpa y una pregunta constante: “¿Qué más puedo hacer para salvarlo?”.
Yoanka Aponte vivió esta batalla cuando su hijo, Miguel Josué, cayó en la adicción a las drogas. Mientras desarrollaba sus proyectos empresariales, en la intimidad enfrentaba años de angustia, noches de llanto y oraciones incansables. Los tratamientos y recursos humanos no lograban consolidar la recuperación que ella esperaba, pero Yoanka se negó a abandonar la esperanza.
Amar a alguien con una adicción no significa ignorar la gravedad del problema ni aceptar conductas destructivas. El amor también requiere límites, ayuda profesional, paciencia y decisiones difíciles. Sin embargo, ninguna recaída elimina el valor de una persona ni demuestra que su recuperación sea imposible.
Para Yoanka, la fe se convirtió en el ancla que la sostuvo cuando no podía controlar el resultado. Oró, acompañó y continuó creyendo hasta presenciar la liberación y restauración de su hijo. Hoy, Miguel Josué ocupa un lugar central en su testimonio de esperanza.
Cada proceso de recuperación es diferente y puede requerir atención médica y psicológica especializada. Aun así, las familias también necesitan apoyo para no perderse dentro de la crisis. La historia de Yoanka recuerda que es posible sentirse agotado sin dejar de amar, pedir ayuda sin perder la fe y conservar la esperanza mientras se avanza un día a la vez.